Comedia Política o burla simple

Para hacer buena comedia se necesitan dos cosas: personajes y comediantes. Empiezo por el principio.

Cuando las cosas marchan bien es la espuma del ambiente democrático que traduce la crítica y trivializa el debate; a veces, satisface el poderoso instinto de un pueblo de reírse de sí mismo. Cuando el contexto es adverso tiene una grave responsabilidad: articular el mensaje con el que se organiza —y se recluta— la resistencia.

Después de un superficial ejercicio llego a la —¿amarga?— conclusión de que tenemos un repertorio vastísimo: un presidente aterrado, un gabinete improvisado, alcaldes surreales, gobernadores imposibles, diputados coloridos, senadores analfabetas, ocurrencias impredecibles, legislación inocua, instituciones imperdonables, millonarios atolondrados, periodistas chayoteros, entrevistadores torpes, expresidentes standuperos, momias sindicales, locutores psicóticos, candidatas impresentables. Todos viven en un manicomio tan escalofriante como patético.

Algunos prefieren el albur que la investigación; cobraron su fama* y endosaron la inteligencia; se extraviaron en el chisme y olvidaron la provocación. En resumen, son burla pero no comedia.

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